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El día que conocí al Presidente

Por J. H. Bográn

Copyright 2007

 

Entré por el sótano al hotel donde laboro desde hace poco menos de un año. Introduje mi tarjeta de asistencia en el reloj marcador: 9:03 AM, la tinta era roja.

-¡Ja! Otra vez tarde, –me dijo el guardia en tono burlón.

Sentado tras su escritorio con una mueca de labios retorcidos y dientes que no conocieron el dentista cuando lo necesitaban, el guardia sabía que no me gustaba llegar tarde aunque el bus que abordé se hubiera descompuesto ya no era una excusa aceptada en ninguna parte; pasaba muy seguido y ya nadie lo tomaba como valedera.

Suspiré resignado a que sería “uno de esos días” en que todo te sale mal. Opté por no usar ninguna respuesta sagaz, solo me encogí de hombros y me fui.

Subiendo por las escaleras hacia el vestíbulo, abrí la puerta que en su parte exterior tenía escrito la advertencia de no usarse más que en caso de emergencia.

El vestíbulo estaba engalanado para recibir a nuestro Honorable Presidente de la República y a su contraparte de México en donde darían una conferencia de prensa para luego tener una reunión privada a la que solo asistirían los mandatarios y sus más cercanos asesores y colaboradores.

A dos pasos de la puerta estaba un hombre vestido con la formalidad de un traje oscuro y corbata negra, pero que tenía toda la pinta de guardaespaldas. La puerta se cerró con un estrépito que sobresaltó al hombre, quien giró para encararme. Me sorprendí de ver la rapidez de sus movimientos, y más aún al ver su arma lista en la mano y apuntándome.

Levanté las manos asustado- ¡Ey! Yo trabajo aquí –le dije.

El hombre me examinó de pies a cabeza, debió reconocer el horrible saco gris que llevaba en la mano, la corbata color salmón con el monograma del hotel en el centro, más aún, la identificación con mi nombre y foto que pendía de un cordón rojo en mi cuello.

 -¡Esa es salida de emergencia! ¿Porqué diablos no usas el elevador de servicio?

-El elevador estaba en el séptimo piso, no tenía tiempo de esperarlo ya que vine tarde, -mascullé nervioso.

-¡Piérdete de aquí! –me gruñó mientras bajaba su arma.

Bajé las manos respirando aliviado.

-Gracias, y disculpe –le dije.

Sentí su mirada clavada en mi espalda hasta que giré a la derecha fuera de su alcance. Llegué a la puerta que conducía a la recepción que por seguridad siempre estaba cerrada. Toqué el vidrio a prueba de balas para que la secretaria en el interior levantara su vista de los papeles que estaba leyendo. Ella me reconoció y apretó un botón escondido bajo su escritorio. Un timbre ronco y corto me alertó y empujé la puerta antes que terminara.

-Gracias Gladis –le dije.

-Buenos días José, otra vez tarde.

-¡Casi ni llego! Un gorila me recibió pistola en mano allí en el lobby.

Gladis sonrió, y retomó su lectura. Yo avancé por el pasillo, llegando a una pesada puerta de caoba, por el exterior estaba tallada con motivos mayas, me puse el saco y empujé la puerta para empezar mis funciones diarias junto a Roberto, mi compañero de turno.

La conferencia de prensa terminó cerca de las dos de la tarde y ambos mandatarios caminaron con sus séquitos desde el Salón de Conferencias hasta el elevador pasando justo frente al mostrador de la recepción donde Roberto y yo no teníamos más que hacer que observar la procesión.

El Presidente de Honduras, siempre con el carisma que le hiciera ganar las elecciones para su puesto, se desvió un poco estrechando la mano y saludando a todos los empleados a su paso sin distinguir entre botones, recepcionistas y uno que otro periodista en su camino.

El presidente de México, en cambió, siguió hasta las puertas de elevador. Justo ahí ese momento se percató de lo que su anfitrión estaba haciendo. El mexicano hizo un gesto de disgusto, suspiró resignado y llegó al mostrador para estrechar la mano con Roberto y conmigo.

La multitud comenzó a disiparse al cerrarse la puerta del elevador llevándose ambos presidentes.

-Hoy no me lavo la mano –me dijo Roberto.

-¡Allá vos! Yo voy a buscar como desinfectar la mía con alcohol –le dije sin poder contener la risotada por más tiempo.

 

FIN

 

 


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